El Bigote

Andres Franco / Opinion / / 0 Comentarios / Like this
El Bigote

Y por cualquier razón terminé viendo un álbum de fotos viejas, mientras buscaba una foto de mi padre; pasé por mis fotos de infancia de la escuela, pero al llegar a las fotos del pueblo en donde mis a abuelos paternos se establecieron algo llamó mi atención, la ausencia total de bello facial exceptuado por aquello entre labio y nariz era un estandarte en aquellos tiempos, y fue allí donde lo entendí; la barba estaba pasada de moda (lo dicen hasta los ingleses).

La barba fue fácil. Porque la barba es una trinchera. La barba es el consuelo de los inseguros. La barba es una careta. Su simetría basta para colocar unas facciones sin suerte. Para esconder unos mofletes excesivos, para disimular una “machera” huidiza. Por cada pelo añade una dosis de imaginaria testosterona. Si está arreglada, te concede puntos en la categoría de muchacho cuidadoso. Si se rebela, te consagra como hombre de las cavernas. La barba es el amuleto y la muleta. Por eso los novios recientes viven con zozobra el momento de deshacerse de ella y mostrarse como los trajeron al mundo: con la piel de la cara descubierta. Se azoran cuando su imaginación intenta quitarla ante el espejo. Como el que teme que al sacar la cédula para pagar, alguien descubra la ominosa foto de la crudeza natural que nos acribilló hace años.

“Que bien ese bigote” !! exclamo para mi mientras miro la foto de mi abuelo Otoniel, sin fijarme que el técnico enviado por Claro que me revisa el modem es un señor de unos 50 años y sonríe al verme hablando solo, curiosamente el también lleva bigote. Y es ahí donde viene la iluminación.

Pero el bigote da miedo. Es un artefacto de doble filo: o sublima la seguridad de quien ya la tiene o acentúa sin piedad la inseguridad del inseguro.

Eso es como las botas tejanas, que algunos incomprendidos intentan que vuelvan, pero nunca lo consiguen. Y de seguro van a voltear la cara mientras se toman un capuchino en el Juan Valdez de la circunvalar, para no ver a tanto gurú embigotado. A tanto “papi”. A tanto “sexy”.

Se sobaran la barba mientras lo consideran algunos de los que habitualmente me leen, se preguntaran si su mandíbula esta a la altura de la evidencia. Me recordaran entonces a mi, a el amigo de algunos y enemigo de otros, el Anticipado, el que luce mostacho con la suficiencia de un profeta. Podría inventarme una historia, por qué no? Decir que vine de Londres comentando sobre un lugar imaginario llamado Gentelman’s Whatever. También podría decir algo “cool” como que me compré un cepillo de pelo de tejón, y diría tejón enfáticamente por que eso valorizaría mi argumento. Pero en realidad no era por decir tejón (eso es para mantener mi figura de chico fresa y que se cree una chimba) es porque en realidad con ese álbum de fotos, había visto la luz. La luz al final de la barba. Tipo listo. Tipo converso. Tipo afeitado.

Quizá habría bastado con prestarle un poco más de atención a Michael Ginsberg, ese tipo que dejó de ser un puberto en ‘Mad Men’ gracias al mostacho. O con reparar en Henry Lloyd Hughes. Le vimos en Hogwarts pasando desapercibido sin llegar a sospechar que la magia verdadera llegaría con su glorioso bigote. Pero claro, lo tienen fácil. No valen como ejemplo. La naturaleza les ha dibujado los maxilares con tiralíneas. Ellos pueden. Con sus barbillas firmes. Rotundas. Masculinas.

¿Y tú amigo hipster? Tú ya no recuerdas el óvalo de tu cara. ¿Y tú amigo hippie? Tú que te dejaste la barba por que era el único look al que no había que invertirle, si bien el universo te castiga con una vida de ruina financiera, la naturaleza te compensa un poco. Y esa foto de la cédula o del carnet de la universidad que prefiere no mostrar, será que es demasiado delatora para servir de referencia? Yo creo que tal vez ustedes no saben si tendrán el valor para prescindir de la impostura peluda.

Pero ir por encima de esas dudas y el cuestionamiento social es lo que siempre hace falta para ser el primero de los modernos. El Pionero. El Avanzado. Porque finalmente para llevar bigote hay que tener un par. Un par de caras: la bien trazada y la bien dura. Y un par de lo otro…

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